Nuestros hallazgos

Anécdotas de viajes y visitas para compra de libros y bibliotecas

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El médico

Cuatro paredes repletas, de piso a techo, con libros aún en su emplaye original; las etiquetas con los precios y las librerías donde habían sido adquiridos perfectamente legibles:

Gandhi, $350.00; El Sótano, $400; El Péndulo $1,200; Librería del FCE, $600. Una biblioteca formada mediante años de coleccionar libros, sin leerlos, sin tocarlos. Nos miramos con extrañamiento. Pensé que quizá alguna vez había soñado con algo similar. Era una pesadilla.

El dueño de la biblioteca llegó una hora después, disculpándose por la tardanza; la cirugía que había realizado se había extendido más allá de lo previsto. La persona que le apoyaba en las labores del hogar nos había dado acceso a la casa y a la biblioteca.

Preguntamos, como marca nuestro protocolo, cuánto esperaba recibir por sus libros. A diferencia de otras veces, temíamos la respuesta. Obviamente sabía lo que tenía, estaba a la vista lo que cada libro había costado, y que estaban como nuevos, aunque la colección llevaba décadas conformándose.

Nos pidió que le ofreciéramos lo que consideráramos justo, haciendo hincapié únicamente en que íbamos muy recomendados. Que llevaba más de un año buscando comprador para su biblioteca, que alguna vez fue el sueño de su vida y no estaría dispuesto a recibir por ella menos de lo justo.

Mientras hacíamos el cálculo, nos contó que él había querido desde niño dedicarse a la literatura, pero por instancias de su padre se había hecho médico. Que había tenido éxito en su profesión, lo que le había permitido la compra de esa ya considerable biblioteca, que pensaba disfrutar una vez retirado.

Llevaba más de un año buscando compradores para sus libros. Había preguntado en varias partes, pero, nos comentó, querían que los malbaratara. 4, 5 y 6 pesos por libro le habían ofrecido. Se había sentido ofendido, nos dijo: Más me darían si los llevo a reciclar.

—Disculpe la pregunta, ¿por qué está vendiendo sus libros?

—Hace un año que me noto síntomas de glaucoma. No tiene caso conservarlos para mí. Quisiera que estos libros sean leídos; que lleguen a sus lectores.

Le ofrecimos un trato más que justo, que aceptó encantado. Hemos comprado otras bibliotecas de gente con quien él nos ha recomendado. Cuando nos lo comentan, preguntamos siempre por él. Ya no ve, nos cuentan. Vive tranquilo, sale poco, recibe visitas de vez en vez. Seguramente muchas veces sueña con sus libros.